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Historia Extremadura-Emeritense

Defensora del cristianismo: niña mártir en el siglo IV

EULALIA DE MÉRIDA

 

Excavaciones arqueológicas en la basílica de Santa Eulalia  

 

Tenemos en Extremadura una historia que se nos hace bella, rica y amena. Especialmente esta Historia adquiere un sentido y un significado muy especial cuando responde a una ideosincrasia muy particular, propia y que nos debe servir de referente en la búsqueda del pasado y de nuestra identidad. Es lo que ocurre por ejemplo con el caso de Eulalia de Mérida que es desde el 2012 Patrona de la juventud en Extremadura.

Fue una de las devociones más extendidas por todo el Imperio Romano, convirtiéndose rápidamente en uno de los lugares más importantes de peregrinación para la Europa Occidental durante la Alta Edad Media y sólo hasta la proclamación de Santiago Apóstol (este sería otro tema a tratar), Eulalia fue invocada como protectora de las tropas cristianas en la Reconquista y Patrona de las Españas. Hoy, es alcladesa perpetua de la ciudad de Mérida, patrona de la ciudad y como hemos indicado anteriormente, patrona de la juventud extremeña.

El estudio y la comprensión de la figura de Eulalia de Mérida, muerta el 10 de diciembre del año 304 a la edad de 12 años, requiere primeramente poder presentar al lector las principales fuentes de las cuales tomamos las diferentes referencias biográficas esencialmente, para no caer en un cierto populismo ahistórico o un devocionario que carece de una metodología adecuada para los intereses que aquí queremos presentar: un conocimiento histórico de la figura de la niña mártir extremeña que no está exenta del relato literario cristiano rico en esas fechas de constantes recursos a lo fascinante y a lo llamativo.

Desde la misma esencia de una historiografía sobre Eulalia de Mérida, podemos presentar diferentes argumentos en torno a los documentos que nos han llegado de Aurelio Prudencio (348-405), Venancio Fortunato (+609), San Isidoro de Sevilla (+636), San Adhelmo (+710), Wandelberto (+870), un conjunto de composiciones anónimas, composiciones narrativas, panerética, oracional (oracional visigodo), historiadores eclesiásticos, martiriologios históricos y elementos epigráficos.

Obivamente, no pretendemos aquí hacer una análisis detallado de cada una de estas referencias  historiográficas, pero si tenerlas en cuenta y ofrecerlas como base de cualquier estudio histórico en torno a este interesante personaje que hoy es patrona de la juventud en Extremadura.

Excluímos igualmente la gran multiud de publicaciones sobre la mártir emeritense pero no podemos sin embargo en ello, pasar por alto la que consideramos como más completa de las obras en torno a Eulalia. Se trata de la obra de Aquilino Camacho Macías titulada La antigua sede metropolitana de Mérida. Proceso evolutivo de una "Iglesia Local" editada por la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida en el año 2006. En su capítulo IV dedica un estudio a las fuentes para conocer su vida, comenzando por una hagriografía en torno a santa Eulalia.

 

 

¿DÓNDE ENCONTRAMOS EL RELATO DE EULALIA?

 

De la mano de Aurelio Prudencio (348-405) nos adentramos a través de su obra en la vida de esta joven que con tan solo 12 años entregó su vida por la fe en Cristo y en el Evangelio. Prudencio escribió su Hymnus in honores passionis Eulalia Beatissimae Martyrs que aparece en el canto III de su Peristrphanon. De este escrito conocemos los mejores datos sobre Eulalia partiendo de que Aurelio Prudenció jamás pretendió escribir una historia sobre ella, aunque en un primero momento pueda parecer esto mismo. Prudencio peregrina a Mérida y participa en la composición de un himno a la niña Eualia.

Es por medio de esta composición como comenzamos a conocer por ejemplo algunos detalles de la vida de Eulalia antes de su martirio: su edad, los inicios de las persecuciones en Mérida, su deseo de martirio y la consiguiente preocupación de sus padres ante tal situación. De la lectura del himno, encontramos por ejmplo que tras sr vigilada por los padres logra escapar de noche haciendo un largo recorrido por una hinóspita zona de la región (que se desconoce) llena de espinos y zarzas; la rica composición introduce elementos propios de la literatura cristiana del momento como por ejemplo, que durante su periplo escapatorio es vigilada por ángeles consiguiendo ver el camino como si de día se tratase y se dice incluso que lo hace como los israelitas al ser guiados por la nube en el desierto (v. 51-56), para estar el amanecer ante el tribunal (v. 61-65).

En este rico documento de Prudencio se continúa señalando la interesante vida de Eulalia y las dificultades que le llevan a la niña a increpar al juez quien le responde con los conocidos suplicios de martirio, los intentos de poder seducirla con alagos, la réplica de Eulalia escupiéndole a la cara. Finalmente en el mencionado texto, encontramos el martirio y la descripción de los suplicios (únicamente dos) y los bellos relatos de fascinantes acontecimientos como la aparición de una paloma que sale de la niña al expirar, la fuga de los verdugos y la lluvia de nieve que cubrió el cuerpo desnudo. Hay un epílogo con la apoteosis final donde se ensalza el triunfo, la gloria del sepulcro, su veneración para terminar con una descripción del cortejo de jóvenes que llevan sus ofrendas. 

 

EULALIA DE MÉRIDA: 292-304

 

Basílica de santa Eulalia. Mérida.

 

Eulalia nació en Emérita Augusta en torno al año 292 aunque hay fuentes que se atreven a señalar que pudiera ser algo más tarde y ponen incluso su martirio en torno a los años del reinado del emperador Decio (249-251). Su padre era un senador romano llamado Liberio y era, como el resto de su familia, cristiano. Al cumplir la edad de doce años Eulalia, aparece el decreto del emperador Diocleciano (284-305) por el cual se prohibe el culto a Jesucristo y se les ordena adorar a los ídolos paganos. Estamos realmente en las postrimerías de lo que será con Constantino la proclamación con el Edicto de Milán en el año 313 de la libertad de culto. Sin embargo, Eulalia y los cristianos de Emérita Augusta, serán aún castigados por una de las últimas persecuciones del Imperio, la de Diocleciano.

Ante el panorama que se vislumbra, Liberia, padre de Eulalia dediche poner a salva a su joven hija ante el peligro de muerte, especialmente por si la joven se atrevía a protestar a los gobernantes por tales decisiones de persecución y se la llevaron a vivir a una casa, al parecer a las afueras de la ciudad a orillas del río Albarregas. La niña escapa y vuelve a la ciudad, donde el 10 de diciembre del año 304, tras una travesía llena de peligros (recordemos lo que nos narra Prudencio tal y como hemos indicado más arriba).

Eulalia se presenta ante el gobernado Daciano y de manera valiente le protesta por las leyes que no le permitían profesar su fe y que la mandaban a adorar ídolos, aspecto que en ningún momento podían ser obedecidas por los cristianos. Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayudas a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía fuertemente convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer horriblemente si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo. Y le dijo: "De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos". La jovencita lanzó lejos el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo valientemente: "Al solo Dios del cielo adoro; a Él únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más".

 Entonces el juez pagano mandó que la destrozaran golpeándola con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. La hermosa cabellera de Eulalia se incendió y la jovencita murió quemada y ahogada por el humo. Dice el poeta Prudencio que al morir la santa, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Allí en el sitio de su sepultura se levantó un templo de honor de Santa Eulalia, y dice el poeta que él mismo vio que a ese templo llegaban muchos peregrinos a orar ante los restos de tan valiente joven y a conseguir por medio de ella muy notables favores de Dios.

 


Cripta de Santa Eulalia

 

EL MARTIRIO DE EULALIA SEGÚN PRUDENCIO

 

"De madrugada, antes de la salida del sol, llegó a la ciudad, y, valerosa, se presentó ante el tribunal, en medio de cuyos lectores vociferó a los magistrados: "Decidme, ¿qué furia es esa que os mueve a hacer perder las almas, a adorar a los ídolos y negar al Dios criador de todas las cosas? Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí: soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos; con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo, Venus y aun el mismo Maximiliano son nada: aquellos porque son obra de la mano de los hombres, éste porque adora a cosas hechas con las manos. No te detengas, pues, sayón; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá, por más acerbo que sea el dolor.

Airado sobremanera el pretor al oír tales requerimientos, ordenó furioso: "Lector, apresa esta temeraria y cúbrela de suplicios para que así sepa que hay dioses patrios y que no es cosa baladí la autoridad del que manda", Pero inmediatamente, como volviendo sobre sí, dijo el pretor a Eulalia: "Mas, antes de que mueras, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura en lo que me es posible. Mira cuántos goces puedes disfrutar, qué honor puedes recibir de un matrimonio digno. Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama: gimiendo estará la angustiada nobleza de tus padres, puesto que vas a caer, tan tiernecita, en vísperas de esponsales y de bodas. ¿O es que no te importan las pompas doradas de un lecho ni el venerable amor de tus ancianos padres, a quienes con tu obstinada temeridad vas a quitar la vida? Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza con la espada, o te despedazarán las fieras, o se te echará al fuego, y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás entre tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo esto? Con que toques tan sólo con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada".

Pero Eulalia nada respondió, sino que, arrebatada de indignación, escupió al rostro del pretor, arrojó al suelo los ídolos que tenía delante de sí, y de un puntapié echó a rodar la torta sacrifical puesta sobre los incensarios. Inmediatamente dos verdugos se aprestaron a desgarrar sus tiernos pechos y los garfios abrieron sus virginales costados hasta llegar a los huesos, mientras Eulalia tranquilamente contaba sus heridas. Al contemplar aquella carnicería, Eulalia decía al Señor sin lágrimas ni sollozos: "He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo. ¡Cuán agradable es leer estas letras, que señalan, oh Cristo, tus victorias! La misma púrpura de mi sangre exprimida habla de tu santo nombre.

 

 

Y tan abstraída estaba la mártir en su oración, que el dolor atroz que debían causarle aquellos tormentos pasaba totalmente desapercibido, a pesar de que sus miembros, regados con tierna sangre, bañaban de continuo la piel con nuevos borboteos calientes. Ante aquella intrepidez, los esbirros se dispusieron a aplicarla el último tormento; mas no se contentaron con propinarla azotes que la desgarraran fieramente la piel, que sería poco, sino que la aplicaron por todas partes, al estómago, a los flancos, hachones encendidos. Pero, así que la perfumada cabellera que se deslizaba ondulante por el cuello y se desparramaba suelta por los hombros para cubrir la pudibunda castidad y la gracia virginal de la mártir tocó el chisporroteo de las teas, la llama crepitante voló sobre su rostro, nutriéndose con la abundante cabellera, y la envolvió por completo. Y la virgen, deseosa de morir, se inclinó hacia la llamarada y la sorbió con su boca.

 

 

 

Y, ¡oh maravilla!, he aquí que de su boca salió, rauda, una paloma más blanca que la nieve, que, hendiendo el espacio, tomó el camino de las estrellas: era el alma de Eulalia, blanca y dulce como la leche, ágil e incontaminada. Así lo vieron estupefactos y dieron de ello testimonio el verdugo y el mismo lictor al huir aterrorizados y arrepentidos. La Virgen torció delicadamente el cuello a la salida del alma; apagóse el fuego de la hoguera, y, por fin. quedaron en paz los restos exánimes de la mártir. Todo esto acaeció un día 10 de diciembre.

El cielo cuidó en seguida de velar por el tierno cuerpo de aquella virgen y rendirle las debidas honras fúnebres, porque al punto cayó una nevada que cubrió el foro, y en él el cuerpecito de Eulalia, que yacía abandonado en la helada intemperie como para protegerlo con una grácil mantilla blanca.

Tal es la primorosa descripción que nos dejó Prudencio del martirio de Eulalia de Mérida, en admirable coincidencia con las actas que sobre estas mismas hazañas escribiera un testimonio ocular. ¡Cuán distinto es el sabor y cuán lejos de la realidad histórica están otras "vidas" de la Santa emeritense!

Sigilosamente se aprestarían los cristianos de Mérida a rescatar las preciosas reliquias de aquella intrépida niña que con su muerte acababa de dar tan espléndido testimonio de la fe. Embalsamarían delicadamente su cuerpo y le darían sepultura precisamente en aquel mismo lugar donde pasada la tremenda borrasca de la persecución, se levantó una espléndida basílica, cuyo mármol bruñido -según testimonio de Prudencio, que la vio- iluminaba con cegadores resplandores sus atrios, donde los resplandecientes techos brillaban, con áureos artesonados y los pavimentos de mármol jaspeados daban al peregrino la sensación de pasear en un prado en que se entremezclaban y combinaban las rosas con las demás flores. Y con un lirismo exultante termina el poeta su descripción: "Fuera las lágrimas dulzonas y melindrosas... Cortad, vírgenes y donceles, purpúreas amapolas, segad los encendidos azafranes: no carece de ellos el invierno fecundo, pues el aura tépida despierta los campos para llenar de flores los canastillos. Ofreced, ¡oh jóvenes!, estos presentes, que yo, en medio del corro también quiero llevar una corona en estrofas de poesía, vil y ajada, pero alegre y festiva. Así conviene venerar los huesos que yacen bajo el altar; ella mientras tanto, a los pies de Dios, ve todo esto e intercede, benévola, por nosotros."

Pablo Iglesias Aunión

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 Diplomado en Ciencias Humanas 

Lcdo. Filosofía y Letras: Geografía e Historia

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